Cuando Nicolái Quintero vio en el aeropuerto el avión que lo iba a llevar a España, supo que ya no había marcha atrás. Animado por su madre, quien había cruzado el Atlántico unos años antes, este joven caleño finalmente decidió seguir el mismo camino el pasado mes de mayo.

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Hoy se gana la vida instalando ventanas en Barcelona y añora menos de lo que pensaba la ciudad que lo vio nacer. “Manejaba un Uber y sufría con el temor de que me atracaran. Ahora me va bien y ni siquiera el invierno al que le tenía mucha pereza me ha parecido tan fuerte”, afirma.

Por su parte, Patricia Espinosa resume la decisión que la llevó a irse en una sola palabra: esperanza. Profesional, con más de dos décadas de experiencia en el sector de confecciones y con un esposo empleado en una multinacional del ramo de los combustibles, empezó a buscar en plena pandemia un lugar mejor para su familia.

“Nos cansamos de vivir ajustados de dinero, de la incertidumbre laboral y de la inseguridad en Bogotá”, cuenta. Y añade: “Estábamos mirando posibilidades y me encontré un artículo que explicaba cómo migrar a Canadá a través de los estudios”.
Radicada desde hace poco en Montreal, señala que mientras ella obtiene un título su marido recibe un permiso de trabajo abierto. “Hay muchas oportunidades laborales, pero incluso si arrancamos con el salario mínimo que se paga aquí les podremos ofrecer a nuestros hijos adolescentes una vida digna”, subraya.

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No es la primera vez que dicha situación ocurre.
El primer éxodo importante tuvo lugar entre 1965 y 1975.

Historias similares a la de Nicolái y Patricia se escuchan con mucha más frecuencia en los últimos tiempos. Según las estadísticas oficiales, el saldo neto de entradas y salidas de colombianos por vía aérea mostró un déficit de 547.332 personas que no regresaron del exterior en 2022.

Dicho guarismo no solo es el más alto en la historia del país, sino que muestra un salto del 95 por ciento con respecto a la cifra de 2021. La pendiente comenzó a empinarse de manera notoria desde mediados del año pasado y mantuvo su tendencia durante enero. «Esa decisión personal es una forma de revelar que la expectativa de bienestar en otro país es mayor que en Colombia”, dice un reporte del Centro de Recursos para el Análisis de Conflictos (Cerac) que identifica lo sucedido.

“Nos cansamos de vivir ajustados de dinero, de la incertidumbre laboral y de la inseguridad en Bogotá”

Es probable que por cuenta de las restricciones de la pandemia —cuando el flujo de viajeros internacionales llegó a un mínimo— pudieron crearse represamientos de gente que tenía planeado salir a probar suerte en otras latitudes. Pero incluso con esa consideración los conocedores hablan de una posible oleada migratoria de proporciones inéditas.

(De onterés: Rescatan a tres colombianas que eran víctimas de trata de personas en Grecia).

Ganas de partir

No es la primera vez que dicha situación ocurre. El primer éxodo importante tuvo lugar entre 1965 y 1975, cuando tanto la fortaleza de la economía venezolana, como cierta flexibilidad en las leyes migratorias de Estados Unidos, atrajeron a un buen número de personas, aunque con una caracterización muy distinta.

En el caso del país vecino, se trató de trabajadores con bajos niveles de escolaridad que llegaron por tierra y eran oriundos de los departamentos del Caribe o Santander. Los segundos fueron primordialmente profesionales como médicos e ingenieros que crearon enclaves importantes alrededor de la ciudad de Nueva York o al sur del estado de la Florida.

Poco tiempo después, la determinación del Reino Unido de autorizar el enganche de mano de obra no calificada en servicios comerciales, hoteles o restaurantes, llevó a la llegada de un contingente grande, sobre todo femenino, al Viejo Continente. Esa cohorte inicial, oriunda del Viejo Caldas y el Valle del Cauca, se extendería a Francia e Italia.

Hay estudiosos que sostienen que en los años ochenta del siglo pasado la expansión del negocio de la droga, y sobre todo el ánimo de contar con distribuidores y comercializadores de narcóticos, explica en parte la llegada de colombianos a áreas como el condado de Miami-Dade. Otros se inclinan por responsabilizar a la mezcla de crisis económica y deterioro en la seguridad como los principales motivantes de un mayor volumen de tiquetes de ida hacia el llamado “coloso del norte”.

En lo que no hay debate es que esos dos factores se combinaron a finales de los noventa, dando lugar a que la diáspora fuera mucho mayor. De acuerdo con un documento escrito hace más de década y media por Mauricio Cárdenas y Carolina Mejía, entre 1996 y 2005 cerca de 1,9 millones de personas dejaron el territorio nacional.

Diferentes censos de población precisaron lo sucedido. El de 1970 identificó a 261.847 colombianos viviendo en el exterior, mientras que el de 1990 habló de 893.476. Al comenzar el nuevo siglo el acumulado entregado por el Dane ascendió a 1.5 millones, cifra que en 2005 se elevó a 3,3 millones.

Para ese entonces, los cambios ya no solo eran de magnitud, sino de destino. Estados Unidos siguió en el primer lugar, pero España se ubicó en el segundo, seguida por Venezuela, Ecuador, Canadá, Panamá, México y hasta Australia. Más recientemente Chile y, en menor grado, Argentina, también aparecieron en las clasificaciones hechas.
Como lo muestra la experiencia, múltiples comunidades asentadas en geografías muy distintas se expanden de manera continua, pues la primera generación atrae a la segunda y así sucesivamente. Desde las redes familiares hasta las de oficios y regiones, determinan que muchos sigan por la senda que otros abrieron.

De vuelta a los números, entre 2002 y 2010 el promedio de salidas netas se ubicó en 151.000 colombianos, mientras entre 2011 y 2019 ascendió a 212.000 ciudadanos. En los dos años previos a la irrupción de la pandemia el dato subió hasta 270.000 anuales, muy cerca del observado en 2021. Ahora el salto a más de medio millón de 2022 rompe con la tendencia previa.

Más allá de esos flujos, no hay una cuenta precisa sobre cuántos nacionales viven por fuera. Un estimativo de la Cancillería en 2012 habló de 4,7 millones, mientras que los inscritos en el Registro Consular —algo que se hace de manera voluntaria— son algo más de 1,2 millones. Por cuenta de la crisis venezolana un buen número se devolvió, pero el verdadero tamaño de la diáspora es un gran interrogante.

Otro tema: Visa para colombianos: ¿aumentaron viajes a países que la eliminaron?

Causas posibles

Dado que el proceso está en marcha, todavía es imposible emitir juicios definitivos sobre la altura de la ola actual. En el intermedio, es indudable que el entorno de ahora es diferente al de los auges previos.

Para comenzar, 133 países ya no les exigen visa a los colombianos (70 más que diez años atrás) algo que disminuye sensiblemente las barreras de entrada. Quizás por ello, cada vez más gente decide sacar su pasaporte. Según la Cancillería, tan solo durante el tercer trimestre del año pasado se expidieron 419.384 libretas nuevas, de las cuales el 77 por ciento se entregó por primera vez.

Miles todavía hacen el trayecto por tierra a través de Centroamérica, junto con venezolanos, cubanos o haitianos que también buscan pasar por ‘el hueco’ e ingresar ilegalmente a EE. UU.

No menos importantes son cambios como la gran oferta de rutas aéreas o la propia cultura colectiva. Según el profesor de la Universidad Nacional, David Roll, experto en el tema de las migraciones, “hay mucha más gente que por cuenta de la globalización o las redes de compatriotas no le ve misterio a irse, después de analizar con mucha calma los destinos posibles, aunque todavía existe el que se va a la brava”.

Que ese último grupo sigue presente, es incuestionable. Tal como lo han señado varios informes de prensa, las aprehensiones de colombianos en la frontera entre México y Estados Unidos han llegado a niveles récord. Miles todavía hacen el trayecto por tierra a través de Centroamérica, junto con venezolanos, cubanos o haitianos que también buscan pasar por ‘el hueco’ e ingresar ilegalmente a territorio norteamericano.

Hay varios alicientes para partir, pero no hay duda de que el económico es muy importante, Quien hace el trayecto sabe que la demanda de mano de obra es muy elevada y que millones de plazas siguen vacantes. El desempleo estadounidense se encuentra en mínimos históricos y más de un patrono se hace el de la vista gorda a la hora de pedir documentos en regla.

Otros, claro está, se van con todas las de la ley. No hay una estadística confiable, pero la doble nacionalidad que permite amparar a un familiar ya no es un privilegio reservado a unos pocos.

(Puede leer: Migración a EE. UU.: lo que pasará con los colombianos que pasen por ‘el hueco’).

Los registros del Banco de la República muestran que los colombianos que viven en el exterior mandaron 9.428 millones de dólares en 2022

Además, aparecen programas especiales para atraer diferentes profesiones. Muchos países desarrollados experimentan tasas de natalidad en declive, lo cual exige la llegada de migrantes para hacer oficios esenciales y de paso hacer aportes a la seguridad social que debe financiar a una masa creciente de jubilados.

Por tal motivo, las corrientes migratorias seguirán existiendo. De acuerdo con cálculos del Banco Mundial, la cantidad de personas que vive en una nación diferente que aquella que las vio nacer fue de 287 millones en 2022, de los cuales 37 millones se ubicaron en la categoría de refugiados.

Aparte de la gente desplazada por cuenta de conflictos, hambrunas o tragedias naturales, más del tres por ciento de la población global se va de su lugar de origen en busca de las oportunidades con que no cuenta. A cambio, y una vez logran instalarse. el dinero que envían para sostener a la familia que dejaron atrás es enorme.

Según el Banco Mundial el flujo global de remesas monetarias llegó a 794.000 millones de dólares en 2022, de los cuales 626.000 millones ingresaron a países de ingreso medio y bajo. Para América Latina, cuyas rentas por este concepto se ubicaron en 142.000 millones de dólares el año pasado, esos envíos son fundamentales. De hecho, en Guatemala o Honduras son la principal fuente de divisas.

Colombia también es un importante receptor de estos recursos. Los registros del Banco de la República muestran que los colombianos que viven en el exterior mandaron 9.428 millones de dólares en 2022, lo que constituyó un nuevo máximo.
Aun así, aparece la discusión sobre lo que significa que tantas personas, muchas de ellas altamente calificadas, utilicen sus capacidades en otros países diferentes del propio.

(Además: ETIAS: ¿los colombianos necesitan un permiso de ingreso si viajan a Europa?).

Desde este punto de vista, la fuga de cerebros perpetúa las disparidades entre el hemisferio norte y el sur. “Tres cuartas partes de los que se van tienen menos de 40 años, lo cual supone una enorme pérdida de capital humano y potencial productivo”, dice Jorge Restrepo, profesor de la Universidad Javeriana y director de Cerac.

Evitar que ese saldo negativo siga en aumento, obliga a crear las condiciones para retener el talento. Lamentablemente, ese no parece ser el caso del país de hoy, con una economía en plena desaceleración, un clima político muy cargado y una insatisfacción creciente.

Según el Banco Mundial el flujo global de remesas monetarias llegó a 794.000 millones de dólares.

Aunque la diferencia entre lo que se gana por el mismo oficio en lugares más ricos seguirá influyendo, otros elementos entran en la ecuación. “El descontento, la mayor dificultad para la movilidad social, la menor rentabilidad de la educación superior a medida que se expande la cobertura, y la percepción de ausencia de posibilidades de mejora bien pueden ser otras razones que expliquen este fenómeno”, agrega Restrepo.

En su discurso de posesión el pasado 7 de agosto, Gustavo Petro se refirió al padecimiento que enfrenta “un joven que emigra porque no encuentra oportunidades”. Y si bien se comprometió a trabajar por “la Colombia que nos merecemos”, los sueños de aquel día se ven desdibujados por la marcha de los acontecimientos.

Hace un par de décadas Yan Martel, autor del éxito literario La vida de Pi, respondió a la pregunta de por qué las personas se van de su tierra. “Por un sentimiento que carcome”, escribió. “El de que, no importa qué tanto trabajen, su esfuerzo no será recompensado, y que lo que construyen en un año será destruido por otros en un día”.
Además de señalar “la impresión de que el futuro está bloqueado”, el novelista también identificó “el sentimiento de que nada cambiará, y que la felicidad y la prosperidad sólo se alcanzarán en otro lugar”. Ojalá los responsables de tanto exilio entendieran las consecuencias de sus decisiones.

RICARDO ÁVILA PINTO
Especial para EL TIEMPO
En Twitter: @ravilapinto