La invasión más extensa del territorio israelí en décadas, llevada a cabo por una fuerza de Hamas que había sido ampliamente vista como un grupo desordenado de militantes, ha propinado un shock psicológico a Israel tan grande que sus cimientos mismos están siendo cuestionados: su Ejército, sus servicios de inteligencia, su Gobierno y su capacidad para controlar a los millones de palestinos que habitan en él.

La guerra que comenzó con un ataque de Hamas contra Israel y que ha cobrado cientos de vidas israelíes no es una lucha existencial por la supervivencia del propio Estado israelí, como lo fue la guerra de 1948 desencadenada por la fundación de Israel o la guerra de Yom Kippur de 1973. Pero las imágenes de aldeas una vez más invadidas, de rehenes tomados y de civiles desesperados asesinados por militantes palestinos ha despertado una especie de terror primigenio.

“Los israelíes están conmocionados hasta la médula”, dijo Yuval Shany, profesor de derecho internacional en la Universidad Hebrea de Jerusalén. “Hay indignación contra Hamas, pero también contra los dirigentes políticos y militares que permitieron que esto sucediera”.

Al igual que con el estallido de la Guerra de Yom Kippur, la incredulidad se ha mezclado con la ira ante un colosal fallo de inteligencia.

En 1973, se suponía que después de la victoria relámpago de Israel en la Guerra de los Seis Días de 1967, Siria y Egipto eran fuerzas agotadas. Hoy, había crecido la creencia de que Hamas no estaba interesado en la violencia a gran escala y que incluso podría ser un vehículo para debilitar a la Autoridad Palestina más moderada en Cisjordania, enterrando así el tema de un Estado palestino.

“Se pasó por alto el hecho de que estábamos permitiendo que los elementos palestinos más extremistas se fortalecieran, y se reveló que Israel no estaba preparado en absoluto”, dijo Shlomo Avineri, un politólogo en Jerusalén.

Se ha dado vuelta a una página, independientemente del resultado de la guerra que acaba de comenzar. Después de todo, Israel no ha dejado atrás el conflicto que lo ha perseguido desde la creación del Estado moderno en 1948: los reclamos de dos pueblos, judío y palestino, sobre la misma estrecha franja de tierra entre el mar Mediterráneo y el río Jordán.

La riqueza de Israel, su vibrante cultura de startups y su creciente aceptación en el Medio Oriente no podrían disfrazar eternamente una inestabilidad fundamental. El impacto en su imagen propia es tan monumental que Israel podría encaminarse a un periodo de profunda zozobra social y política.

Este golpe a Israel se produce en medio de malestar interno. La consternación por el hecho de que las Fuerzas de Defensa de Israel, la institución central de la seguridad de la nación, pudiera permitir semejante ataque palestino de múltiples frentes se ha visto agravada por una sensación generalizada de que el Gobierno del Primer Ministro Benjamin Netanyahu estaba fatalmente distraído.

Su enfoque en una cuestionada reforma judicial que debilitaría la independencia del poder judicial pareció dejar la situación en Gaza con baja prioridad.

También estaban los proyectos de colonos en Cisjordania respaldados por la extrema derecha.

La guerra de Yom Kippur no alteró inmediatamente la política nacional. Pero al cabo de cuatro años, en 1977, el Gobierno laborista que había gobernado a Israel desde su fundación fue derrotado, un Gobierno de derecha del Likud asumió el poder y el Partido Laborista apenas se ha recuperado desde entonces.

El Gobierno de derecha de Netanyahu parece estar en un profundo hoyo, enfrentando decisiones agonizantes sobre qué tan amplias deben ser las represalias israelíes en Gaza. Gaza, controlada por Hamas, que Estados Unidos identifica como una organización terrorista, lleva mucho tiempo sumida en un estado de pobreza y sobrepoblación bajo 16 años de sitio israelí.

Durante muchos años había crecido en Israel la suposición de que la cuestión palestina había dejado de ser una problemática y que una política de procrastinación táctica, a medida que crecían los asentamientos israelíes en Cisjordania, garantizaría que nunca llegaría a existir un Estado palestino.

El conflicto se convirtió en “la situación”, un término insulso que expresa un statu quo combustible. Netanyahu se convirtió en paladín de un enfoque que dejaba la idea de dos Estados en el aire. Israel normalizó las relaciones con algunos Estados árabes y la cuestión palestina desapareció de la agenda global. Se hablaba de un nuevo Medio Oriente.

Sin embargo, todo esto no podía ocultar la creciente furia palestina ante la humillación y la marginación que llevó a un aumento en la violencia en Cisjordania este año.

El status quo en realidad nunca fue eso. Incubó el derramamiento de sangre al institucionalizar el avance constante del control israelí sobre los más de 2.6 millones de palestinos en Cisjordania y el dominio absoluto de Israel sobre Gaza, donde se estima que viven 2.1 millones de palestinos.

Muhammad Deif, líder del ala militar de Hamas, describió el objetivo de la “operación” como asegurar que “el enemigo comprenda que ya terminó el tiempo de sus acciones sin rendición de cuentas”.

Pero el costo para ambas partes podría ser alto. La “operación” demostró que, como dijo Avineri, “todo judío israelí es, para Hamas, un objetivo legítimo para matar”. Eso no ayudará a la causa palestina más amplia ante los gobiernos occidentales.

Netanyahu ha prometido una “guerra larga y difícil” que ahora entra en una “fase ofensiva, que continuará sin limitaciones ni respiro hasta que se logren los objetivos”. Ya han muerto muchos cientos de palestinos.

Pero en Gaza, la presencia de rehenes israelíes tomados por Hamas es un factor que complica la situación. Las ejecuciones de rehenes en respuesta a un ataque israelí se convertirían en una cuestión política interna explosiva. Después de un grave error, Netanyahu enfrenta un reto delicado.

La prueba a largo plazo está clara desde hace algún tiempo. Lo resumió hace años Danny Yatom, director del Mossad, la agencia de inteligencia israelí, a finales de los años 90. Un solo Estado israelí entre el mar y Jordania, abarcando Cisjordania, “se deteriorará en un Estado de apartheid o en un Estado no judío”, afirmó. “Si seguimos gobernando los territorios, lo veo como un peligro existencial”.

Netanyahu nunca quiso escuchar esas advertencias ni entablar conversaciones serias para una paz de dos Estados. Las consecuencias de esa política no se podían ignorar eternamente hablando de un nuevo y brillante Medio Oriente.

Por: ROGER COHEN

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